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[13.02.08] Debate sobre agricultura
Eugenio Anguiano

La nutrida manifestación habida en la ciudad de México a finales de enero, en defensa del agro mexicano, de los cultivos tradicionales del país (“sin maíz no hay país”) y de la “soberanía alimenticia”, así como de repudio al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en su capítulo agropecuario, nos obligan a pensar seriamente sobre cuál es realmente la situación referente a la producción de alimentos, la productividad en el campo, los ingresos de los productores y la pobreza rural, y cuál el efecto de liberar el comercio agropecuario con el exterior, en particular con los socios de México en el TLCAN: Estados Unidos y Canadá, dos potencias agrícolas.

En una reciente reunión dedicada a analizar el TLCAN y la agricultura nacional, tuve oportunidad de escuchar argumentos sobre programas y políticas agrícolas en México, datos y tendencias del sector primario de la economía nacional en los últimos años y sus vínculos con el exterior, que me llevan a las siguientes consideraciones.

Desde hace más de 25 años el Estado mexicano inició cambios radicales en su política económica general, caracterizados por lo siguiente: una drástica disminución de su intervención en la economía y liberalización comercial, de la que el TLCAN fue un factor esencial. En cuanto al sector agropecuario de la economía, esas dos tendencias —menos intervención económica del Estado y liberalización, que llevaron a la reforma del artículo 27 constitucional y de las leyes reglamentarias para convertir a los ejidos en “entes comerciales”— se fundamentaban en un principio básico de “racionalidad”; a saber, que ningún país, salvo excepciones confirmatorias de la regla, puede desarrollarse con una alta proporción de su fuerza de trabajo dedicada a las actividades agropecuarias, por lo que debe impulsarse la transferencia de la mano de obra “sobrante” en la agricultura a actividades secundarias (industria) y terciarias (servicios), donde su empleo arrojará mayor rendimiento y por tanto mejores ingresos para los propios trabajadores.

El gobierno de Carlos Salinas de Gortari implantó reformas jurídicas y estructurales, y luego negoció el TLCAN, en el que a último momento se incluyeron productos tradicionales como maíz y frijol, con el fin de ayudar a los ejidatarios, minifundistas y pequeños propietarios agrícolas a transitar desde la agricultura de subsistencia a la más tecnificada de uso menos intensivo de mano de obra y destinada a exportación, tal como hortalizas y frutas, o cárnicos como pollo y cerdo, de los que México se convirtió en gran productor mundial. La apertura del mercado —que en el caso del TLCAN se comenzó a efectuar mucho antes de enero de 2008— permitiría el ingreso de granos y oleaginosas a precios más bajos, en volúmenes suficientes para abastecer la demanda interna, y con índices óptimos de calidad, fuera para el consumo humano, animal o para la industrialización.

Los resultados de esa política, reforzada durante el gobierno de Ernesto Zedillo con varios programas al campo, no correspondieron a lo esperado. Efectivamente, los precios internos de los granos básicos tuvieron una tendencia secular a la baja hasta 2006, año en que comenzaron a subir de nuevo hasta llegar a los niveles sin precedente de hoy. La producción nacional de cereales, en especial maíz, se incrementó en los primeros años del siglo actual, lo mismo que sus importaciones.

El motor de tal avance fue la agricultura de riego de alto rendimiento, representada por una minoría de unidades de producción y dominada en su comercialización y procesamiento por unas cuantas grandes empresas que han establecido un mercado oligopólico en el país. Las políticas públicas de poyo al campo (créditos y otros) se han concentrado justamente en esa minoría de unidades de alto rendimiento y en los monopolios de comercialización, haciendo altamente regresivo el respaldo estatal a la agricultura.

La agricultura de temporal recibió la menor proporción de apoyo crediticio o directo, y aunque su producción no se desplomó, el desempleo en ella subió en forma muy rápida. Se ha producido una expulsión de población y de mano de obra excedente en el sector primario, pero no en forma económicamente racional. Los “sobrantes” se han sumado a las filas de los subempleados en los cinturones de pobreza urbanos y los más hábiles, jóvenes sin futuro en el campo e incluso mujeres, engrosaron el flujo de emigrantes a EU.

O sea, que el éxito productivo no ha sido fruto de la apertura, sino del apoyo gubernamental a unos cuantos y del aumento de la demanda interna. Por otra parte, la incapacidad para absorber racionalmente a la población rural migrante se explica por el fracaso de la política pública en cuanto a fomentar el crecimiento y el empleo en el resto de la economía. Hoy tenemos más de 20 millones de producción de maíz, pero no hay país en la ruta del desarrollo.

Profesor investigador de El Colegio de México. Fuente: eluniversal.com.mx